¿Te pasó de llegar a la noche con la cabeza quemada y la impresión de que el día se fue sin que avanzaras en nada importante? Muchas veces el motivo está en cómo repartimos la atención a lo largo de la jornada, y la ciencia cognitiva lleva años estudiándolo.

Contestás un mensaje mientras armás un informe, seguís una reunión con el mail abierto, mirás el teléfono entre párrafo y párrafo. Hacer varias cosas a la vez se ve como una virtud de quien rinde. Sin embargo, cuando los investigadores observan qué ocurre en el cerebro en esos momentos, lo que encuentran se parece poco a la simultaneidad. Lo que hacemos es alternar de una tarea a otra, y cada uno de esos saltos tiene un costo.

Qué pasa en el cerebro cuando creemos hacer dos cosas

Si las dos tareas requieren tomar decisiones o pensar de manera consciente, el procesamiento central las atiende de a una. Los estudios sobre interferencia entre tareas duales hablan de un "cuello de botella": mientras una ocupa el canal de decisión, la otra queda en espera (Pashler, 1994). La sensación de estar haciendo todo junto viene de un ir y venir muy rápido que coordinan las funciones ejecutivas, en buena medida desde la corteza prefrontal.

Por eso podemos caminar mientras charlamos sin problema, pero escribir un mail con atención y seguir una reunión al mismo tiempo ya es otra historia: las dos actividades piden el mismo recurso.

Cuánto cuesta cambiar de tarea

Rubinstein, Meyer y Evans publicaron en 2001 una serie de experimentos sobre lo que sucede cada vez que alguien pasa de una tarea a otra. Según sus resultados, el cambio exige dos pasos de control. Primero hay que redefinir el objetivo (qué voy a hacer ahora) y después reactivar las reglas de esa tarea (cómo se hace). Ambos llevan tiempo, y el costo aumenta cuando la tarea a la que se vuelve es más compleja o menos habitual.

Tomado de a uno, cada cambio representa apenas fracciones de segundo. Lo que pesa es la acumulación: cuando los saltos se cuentan por decenas cada hora, el tiempo perdido termina siendo considerable, aunque nunca figure en la agenda (Monsell, 2003).

El residuo de atención

Además del tiempo, hay un efecto más difícil de notar. Sophie Leroy, investigadora en comportamiento organizacional, comprobó en 2009 que al pasar a otra tarea parte de la atención sigue ocupada con la anterior. A ese remanente lo llamó residuo de atención. Es más grande cuando lo que dejamos quedó a medio terminar, y en sus estudios quienes cargaban más residuo rendían peor en lo que hacían a continuación. Un ejemplo cotidiano: respondés un mensaje, volvés al informe, pero tu cabeza todavía sigue dándole vueltas a esa conversación.

Esto ayuda a entender ese cansancio que no se corresponde con lo producido. A lo largo del día se abren decenas de pendientes, y la memoria de trabajo (el espacio mental donde sostenemos lo que estamos usando en ese momento) los va acumulando sin llegar a cerrarlos. Gran parte de la energía se gastó en cambiar de una cosa a otra.

Las interrupciones aceleran, pero estresan

Un equipo de la Universidad de California en Irvine encontró un resultado que sorprende. Las personas a las que interrumpían mientras trabajaban terminaban en un tiempo parecido, a veces incluso menor, que quienes trabajaban sin cortes. Pero declaraban más estrés, más frustración, más presión y más esfuerzo (Mark, Gudith y Klocke, 2008). Para compensar las interrupciones, aceleramos, y eso tiene su precio.

¿Se puede entrenar la multitarea?

Uno esperaría que quien vive haciendo varias cosas a la vez termine dominándolo. En Stanford, Ophir, Nass y Wagner (2009) compararon a personas que usaban muchos medios en simultáneo con otras que lo hacían poco. Las del primer grupo tuvieron más dificultades para ignorar información irrelevante y también para alternar entre tareas.

Hay que tomar este hallazgo con cuidado. Muestra una asociación y no permite afirmar que la multitarea sea la causa. Años después, los mismos autores revisaron la evidencia acumulada y concluyeron que la relación se repite en varios trabajos, aunque con resultados dispares, y que todavía no está claro cuál de los dos factores aparece primero (Uncapher y Wagner, 2018). Lo que no surge de ningún estudio es que practicar mucho haga a alguien mejor en esto.

Trabajar por bloques en una semana con interrupciones

Las interrupciones van a seguir existiendo. La idea es que dejen de consumir tanta memoria de trabajo. Estas son cinco prácticas, ordenadas de la más sencilla a la que pide más disciplina:

1. Un bloque protegido por día Reservá entre 45 y 90 minutos diarios para el trabajo que más importa y dedicalos a una sola cosa. Dejá el teléfono en otra habitación; ponerlo en silencio no alcanza.
2. Mensajes en tandas Revisá mails y mensajes dos o tres veces al día, en horarios fijos, en lugar de ir respondiendo a medida que llegan. Pensá la bandeja de entrada como el lugar de donde salen tareas.
3. Una nota antes de cambiar Cuando no quede otra que interrumpir, tomate diez segundos para anotar dónde quedaste y cuál es el próximo paso. Leroy y Glomb (2018) observaron que un plan breve para retomar disminuye el residuo de atención y mejora el desempeño en la tarea que sigue.
4. Ordenar los pedidos de otros Decir "te respondo a las 13" es una respuesta válida. Agrupar lo que te piden los demás también protege tu foco.
5. Cerrar la jornada por escrito Antes de terminar, anotá lo que tenés para el día siguiente. Muchas veces lo que nos da vueltas a la noche son pendientes que quedaron sin descargar.

Con aplicar la primera durante una semana ya vas a tener con qué comparar.

La atención también depende del cuerpo

Organizar la jornada ayuda mucho, pero sostener la atención es también una cuestión fisiológica. Hace falta un organismo descansado, con buena irrigación cerebral y con los nutrientes necesarios para fabricar sus propios neurotransmisores. El sueño es el factor con más evidencia: un metaanálisis de Lim y Dinges (2010) mostró que dormir poco afecta sobre todo la atención sostenida y la velocidad de respuesta. Después de una mala noche, ninguna técnica de productividad alcanza.

En BríoSoma pensamos el rendimiento como algo que se construye entre el día y la noche. Formulamos con un criterio simple: darle al organismo sustratos y cofactores para que cumpla sus funciones, sin estimulantes que las fuercen ni compuestos que las reemplacen. FOCUS combina extractos estandarizados de Centella asiática, Ginseng, Ginkgo biloba y Melena de León con vitaminas B6 y B12, y acompaña las vías vinculadas a la función cognitiva durante el día. NOCTIS reúne magnesio, L-triptófano, L-teanina, melisa, zinc y B6, cofactores que el organismo utiliza para restaurar su propio ciclo de descanso.

En resumen

Cuando las tareas son exigentes, hacer varias a la vez significa alternar entre ellas, y cada cambio insume tiempo. Además, cada salto deja parte de la atención enganchada en lo anterior, en especial si quedó sin terminar. Practicar más no parece mejorar esta capacidad. Lo que sí está a nuestro alcance es reducir la cantidad de frentes abiertos y cuidar el descanso, que es la base sobre la que se sostiene la atención.

Si te interesa acompañar tanto el día como la noche, el Protocolo Circadiano incluye FOCUS y NOCTIS juntos, y es la opción más conveniente para llevarte ambos.

Referencias

Leroy, S. (2009). Why is it so hard to do my work? The challenge of attention residue when switching between work tasks. Organizational Behavior and Human Decision Processes, 109(2), 168–181. doi.org/10.1016/j.obhdp.2009.04.002

Leroy, S. y Glomb, T. M. (2018). Tasks interrupted: How anticipating time pressure on resumption of an interrupted task causes attention residue and low performance on interrupting tasks and how a "ready-to-resume" plan mitigates the effects. Organization Science, 29(3), 380–397. doi.org/10.1287/orsc.2017.1184

Lim, J. y Dinges, D. F. (2010). A meta-analysis of the impact of short-term sleep deprivation on cognitive variables. Psychological Bulletin, 136(3), 375–389. doi.org/10.1037/a0018883

Mark, G., Gudith, D. y Klocke, U. (2008). The cost of interrupted work: More speed and stress. Proceedings of the SIGCHI Conference on Human Factors in Computing Systems, 107–110. doi.org/10.1145/1357054.1357072

Monsell, S. (2003). Task switching. Trends in Cognitive Sciences, 7(3), 134–140. doi.org/10.1016/S1364-6613(03)00028-7

Ophir, E., Nass, C. y Wagner, A. D. (2009). Cognitive control in media multitaskers. PNAS, 106(37), 15583–15587. doi.org/10.1073/pnas.0903620106

Pashler, H. (1994). Dual-task interference in simple tasks: Data and theory. Psychological Bulletin, 116(2), 220–244. doi.org/10.1037/0033-2909.116.2.220

Rubinstein, J. S., Meyer, D. E. y Evans, J. E. (2001). Executive control of cognitive processes in task switching. Journal of Experimental Psychology: Human Perception and Performance, 27(4), 763–797. doi.org/10.1037/0096-1523.27.4.763

Uncapher, M. R. y Wagner, A. D. (2018). Minds and brains of media multitaskers: Current findings and future directions. PNAS, 115(40), 9889–9896. doi.org/10.1073/pnas.1611612115

Este artículo es de carácter informativo y no reemplaza la consulta con un profesional de la salud. Los suplementos dietarios no sustituyen una alimentación variada y equilibrada.